29 de enero, 2021

Los Jefes de Silos

Enrique del Rivero

Enrique del Rivero 29 de enero, 2021 · 4 minutos

Todos los años a finales del mes de enero en la localidad de Santo Domingo de Silos se celebra la fiesta de Los Jefes, una conmemoración en la que se mezclan la muy burgalesa tradición de correr los gallos con la memoria de una antigua batalla contra los moros.
Cuenta la leyenda que durante la invasión musulmana de la península Ibérica un ejercito agareno puso sitio a la localidad de Santo Domingo de Silos. Ante el peligro inminente de caer en manos de un enemigo más numeroso y preparado para la batalla, uno de los vecinos ideó una original estrategia defensiva: simular el incendio y destrucción de todas las casas y bienes de la villa, para de esta manera hacer pensar a los sitiadores que era inútil mantener el asedio.
Gracias a las numerosas hogueras encendidas en las encrucijadas, los estruendosos gritos de alarma de los habitantes, el repicar de todas las campanas de las iglesias y el eco de los cencerros de los rebaños en estampida, los temidos moros levantaron el cerco y continuaron sus correrías por otros lares de Castilla.

Capitán, Cuchillón, Abanderado…

La fiesta de Los Jefes comienza verdaderamente el día de Reyes. En la tarde de la mencionada fecha, se procede al sorteo de los cargos de Capitán, Cuchillón y Abanderado entre los varones casados del pueblo.
Pero hay que esperar a la mañana del último sábado del mes de enero cuando el pueblo se reúne en la plaza y acude a buscar a Los Jefes a sus domicilios. El gentío va encabezado por los comisarios de la fiesta, que lucen la recia y pesada capa castellana y suelen ser los cabezas de familia de la villa.
También desfilan muchos niños que, ataviados con chalecos y polainas de borreguillo y cargados con cencerros, son la representación de los ganados que durante el incendio fingido de Silos se encargaran de provocar el mayor ruido y alboroto posible.

Recibidos en el monasterio de Silos

Conducidos por el aire marcial del tambor, se procede a recoger al Cuchillón, al Abanderado y finalmente al Sargento. La comitiva completa enfila hacia el monasterio de Santo Domingo, donde es recibida por la comunidad benedictina. En el patio de San José, en presencia del padre abad, el abanderado tremola su estandarte, mientras el gentío entona repetidas veces el grito emblemático de toda la fiesta: ¡Viva nuestra devoción al dulce nombre de Jesús y de María!
De nuevo en la plaza, tiene lugar la lectura del Pregón y la presentación formal de los jefes del año. Todo el pueblo forma un gran círculo y en su interior cada uno de los jefes dará una serie de vueltas con aire gallardo y solemne, finalizado éstas con el consabido: ¡Viva nuestra devoción al dulce nombre de Jesús y de María!

Corrida de los Gallos

A primeras horas de la tarde de este mismo sábado se celebra la Corrida de Gallos o Las Crestas, ritual que hunde sus orígenes en la noche de los tiempos, en el cual los jefes, y posteriormente cualquier jinete que se preste, habrán de intentar cobrar alguno de los gallos o prendas que cuelgan de una soga que es hábilmente manejada por un vecino para entorpecer las aspiraciones de los caballeros.
Y tras Las Crestas, La Carrera de San Antón, prueba ecuestre en la cual los jefes y otros vecinos competirán por alzarse con la victoria en una espectacular carrera por las estrechas y empedradas rúas de la población.


Con la pronta llegada de la fría noche —no hay que olvidar que estamos a finales del mes de enero— se inicia uno de los actos más espectaculares y llamativos de toda la fiesta: “Silos en llamas”. Rememorando las legendarias hazañas de sus antepasados los vecinos vuelven a fingir que el pueblo arde por sus cuatro costados y es devorado por un pavoroso incendio.

Se encienden hogueras por todos los rincones; los hombres, escoltando a los jefes, recorren varias veces el pueblo, portando teas e invocando los nombres de Jesús y María; los mas jóvenes se cargan de cencerros y provocan la realista sensación de una desbandada general de los rebaños de cabras y ovejas. En la plaza, una gran pira sirve de punto de reunión de todos los participantes y en torno a ella se combate el frío reinante y concluye la jornada.


El domingo siguiente está consagrado a las Benditas Ánimas. Una misa matutina dedicada a todos los vecinos difuntos y un emotivo Rosario vespertino en el que sobrecogen el luto de los jefes, las letanías acompañadas por el grave resonar del tambor, la austeridad y recogimiento de la procesión.
La fiesta de Los Jefes concluye en la plaza, donde, una a una, las mujeres de los jefes, vestidas de luto y hermosamente tocadas, toman el cuchillo e inician un elegante desfile que finaliza con la repetida y piadosa aclamación: ¡Viva nuestra devoción al dulce nombre de Jesús y de María!

Fotografías: Enrique del Rivero y Julián Ausín